domingo, 23 de mayo de 2010

Susurro helado


¿Por qué lloras, Perséfone? Déjame narrar los inenarrables motivos que me impiden compartir hoy tu sollozo. Y que la compasión calme tu llanto.

Escapé del laberinto y descubrí entonces que me había perdido.

Otorgando la mayor sensibilidad a mis letras, abracé al puñado de horas más lentas del mundo y noté cómo mi garganta se desgarraba con cada uno de los gritos que nunca proferí.

Acurrucado en mi confusión, decidí soñar. Tuve una alegre pesadilla, aunque no llegué a dormir.

Un amanecer desbocado me despertó y, entre las tímidas gotas del rocío que recorría mi mejilla, ella empezó a correr. “¡No te vayas!”

Supliqué, como un pobre niño perdido, arrodillado y con mis temblorosas manos intentando tapar mis ojos.

No entendí nada, lo vi todo.


Cavilando te llaman poeta,
La tinta es polvo,
Los ojos son viento,
Mi corazón un pozo.

Garzón, el magnífico juez irredento.


Un grito se abre paso entre una secreta multitud de petulantes bigotes poblada. Un golpe en la mesa, rabiosas lágrimas.

La estulticia mana de esotra historia gris, entre fusiles y rojos amaneceres, mientras las heridas nos demuestran que nuestra es la pena y suyo es el lauro.

Una palabra muda en notre maison, ninguna historia agradable. ¿Qué te pasa, hijo de los vencidos?

De la más postrera esencia de un orgulloso linaje de escombros, nace el dolor de un padre. Un padre callado, frío, anhelante, olvidado.

Brindemos por aquellos cuyo último trago lo tomaron suspirando en el relente de una luna compasiva que, avergonzada, mojó sus condenados labios por última vez.

No te rindas, irredento, y recuerda que seremos eternos.