¿Por qué lloras, Perséfone? Déjame narrar los inenarrables motivos que me impiden compartir hoy tu sollozo. Y que la compasión calme tu llanto.
Escapé del laberinto y descubrí entonces que me había perdido.
Otorgando la mayor sensibilidad a mis letras, abracé al puñado de horas más lentas del mundo y noté cómo mi garganta se desgarraba con cada uno de los gritos que nunca proferí.
Acurrucado en mi confusión, decidí soñar. Tuve una alegre pesadilla, aunque no llegué a dormir.
Un amanecer desbocado me despertó y, entre las tímidas gotas del rocío que recorría mi mejilla, ella empezó a correr. “¡No te vayas!”
Supliqué, como un pobre niño perdido, arrodillado y con mis temblorosas manos intentando tapar mis ojos.
No entendí nada, lo vi todo.
Cavilando te llaman poeta,
La tinta es polvo,
Los ojos son viento,
Mi corazón un pozo.
